Hace tiempo, tampoco mucho, comenzamos esta pequeña aventura y, como buen culo inquieto que somos, pusimos rumbo al norte. Asturias, tierra de vaques y sidras.
La primera parada en nuestro recorrido fue Luarca, una villa con encanto a orillas del Cantábrico.
Si tuviera que describir la gama cromática que se dejó ver cada día, no tendría colores suficientes. Es cierto que, a cada momento del día, esta villa adoptaba un tono diferente y, con ello, nuevas sensaciones; ni siquiera las nubes que ocultaban el sol dejaban paso a la indiferencia.

Desde sus diversos miradores pudimos apreciar cada rincón de la villa, no solo el valle que le rodea, sino también cada vestigio arquitectónico marcado por el paso del tiempo.

Tomando Luarca como punto de partida, aprovechamos los pocos días que teníamos para recorrer los alrededores, entre ellos Viavélez, un pequeño pueblo situado a unos 30 km de Luarca. Sin duda, el retrato que más se asemeja a la realidad de dicho pueblo se obtiene desde el Mirador de la Atalaya. Una panorámica que no deja indiferente a nadie.

Tras varias horas disfrutando del aire fresco y la brisa marina que aquella estampa nos proporcionaba, fuimos a Tapia de Casariego. Esperando una panorámica tan bella como la anterior, el Mirador Os Cañois fue nuestro objetivo. He de decir que nada comparable, pues las comparaciones son odiosas.

Nuestras tripas se empezaban a quejar, así que, a comer nos fuimos… Buscando sitios en los que poder disfrutar de la gastronomía asturiana, acabamos en Roda, una pequeña parroquia perteneciente a Tapia de Casariego. Ni dudarlo cabe que aquel fue nuestro mayor descubrimiento de todo el viaje. De mención especial el bar Martínez-Casa Zapateiro. Te deja sin palabras, directo al paladar.

Después del atracón teníamos que bajar la comida, de modo que, pusimos rumbo a Ribadeo con la intención de ver el Forte de San Damián, pero estaba cerrado; con las mismas, nos subimos al coche y un poco a la aventura. Nos dejamos llevar y acabamos en Isla Pancha, en la cual se encuentra un faro del siglo XIX.

Una vez cruzada la frontera, volvimos a tierra asturiana. Cabo Busto sería la última de nuestras paradas antes de volver a la rutina estresante. Qué mejor que visitarlo con alerta de vendaval, así nos pasó, que duramos lo que dura un caramelo en el patio de un colegio…
Ya montados en el coche, nos miramos y dijimos: «¿por qué no?». Y caímos en la tentación, Cudillero.

Íbamos solo a dar una pequeña vuelta y subir a algún mirador, y al final acabamos comiendo. No podíamos irnos de aquellas tierras sin bebernos la penúltima sidra y disfrutar de sus famosos cachopos, aunque no fue lo único que cayó… Aquel crustáceo negro y tan poco apetecible a la vista me estaba llamando a gritos. ¡¡PERCEBES!! Mi compañero gamusino no los había probado nunca, así que se atrevió a hincar el diente. ¿Cuál fue su desgracia? Que no le gustaron, aunque no tanta para mi, que salivaba con solo pensar que irían todos directos a mi tripita (solo 1/4 que no nos sobra el dinero).